miércoles, 1 de octubre de 2014

No te olvides de respirar.

Es imposible separar nuestro cuerpo de nuestra mente, nuestras emociones de nuestras funciones fisiológicas, nuestros pensamientos de nuestro comportamiento. A veces parece que las dimensiones que forman todo lo que somos  vayan por separado pero no es cierto. El estrés y la ansiedad por ejemplo nos hacen tensar nuestros músculos, sudar, que nuestro corazón lata más deprisa, sensaciones subjetivas como la sensación de ahogo, huir, temblar, sentir miedo.


Ante lo que pensamos o lo que sentimos nuestro cuerpo responde igual que lo hace ante lo que nos rodea. Una de las formas que tiene nuestro cuerpo de responder es a través de nuestra respiración. La respiración está siempre ahí, no requiere que pensemos en ella, que le prestemos atención, siempre estaremos respirando salvo que tengamos alguna enfermedad grave que nos lo impida.  Y es precisamente que sea una función fisiológica involuntaria lo que nos hace olvidarnos muchas veces de ella, y sin embargo el que nuestra respiración normalmente no nos pida que le prestemos atención no quiere decir que no sea bueno y necesario.

Tenemos que partir de un hecho muy habitual, respiramos muy mal, de forma superficial, de forma acelerada, sin pausa. Muchos  pulmones no se airean a fondo nunca. Y no hay nada más importante que respirar bien, Davis, Mckay y Eshelman lo describen a la perfección: Respirar es vida. Todos los fenómenos vitales están ligados a procesos de oxidación y de reducción: sin oxígeno no hay vida. Nuestras células dependen de la sangre para su aprovisionamiento de oxígeno; si por nuestras arterias circula sangre pobre en oxígeno, la vitalidad de cada una de nuestras células se encuentra disminuida.


La respiración profunda y constante provoca relajación de todo lo que somos, de nuestras dimensiones físicas y mentales. Siéntate en una silla, en una habitación con poca luz, sin ruido, con ropa comoda y dedica unos pocos a minutos a respirar de forma consciente, presta atención a tu respiración. Inspira por la nariz, despacio pero de forma profunda, uno, dos, tres segundos y comienza a expirar. Hazlo muy despacio, como si tuvieras una pajita en la boca y soltaras el aire por ella, uno, dos, tres, cuatro… Tu única labor es respirar, si te vienen pensamientos a la cabeza solamente tienes que volver a prestar atención a la respiración, eso es lo único que quieres hacer ahora respirar profunda y tranquilamente. 
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