miércoles, 3 de septiembre de 2014

Buena gente, gente feliz.

Si no fuera porque no creo en la suerte diría que soy una persona muy afortunada. Soy de esas personas a las que le encanta su trabajo, me gusta hablar en público sobre psicología, emociones y sexualidad y compartir momentos para debatir; disfruto muchísimo de escribir sobre relaciones de pareja y psicología positiva; pero sobre todo me encanta poder ayudar a personas en la consulta. Ponerme a trabajar con una persona o una pareja para juntos comprender mejor los problemas que tienen y sobre todo aprender a solucionarlos.

En todos estos años he aprendido muchísimas cosas importantes de mis pacientes pero quizás lo más importante haya sido confirmar  algo que siempre había pensado: la mayoría de la gente es buena gente, muy buena gente. He conocido a personas de todo tipo, muchas veces personas marcadas por una vida difícil y complicada que han cometido errores y no han sabido ser felices. He conocido muchas personas que simplemente no sabían solucionar un problema que les atormentaba y personas, personas en crisis, personas más o menos felices que necesitaban mejorar algún aspecto de sus vidas. He incluso he conocido gente aparentemente antipática, enfadada con el mundo y con la mayoría de las personas que le rodeaban.


La mayoría de las ocasiones mi trabajo me ha permitido conocer a las personas en profundidad, saber de sus ilusiones y miedos, de sus emociones más privadas y de muchos pensamientos e ideas que casi nunca le habían dicho a nadie. Y en el 99,9% de las ocasiones he conocido a grandes personas, personas buenas que a veces cometen errores (todos podemos cometerlos) e incluso pueden haberle hecho daño a personas que tienen cerca, pero buena gente cuya intención es ser feliz y que necesitan encontrar el camino correcto para conseguir hacerlo.

Pero además, con todo lo anterior, he comprobado algo muy importante. Las personas más felices son las personas que creen que la mayoría de las personas son buena gente. Y es que somos más felices si creemos en la bondad de la mayoría de las personas que nos rodean. Siempre habrá personas que no nos llegarán a convencer, a gustar, pero es mejor no darles importancia y pensar que quizás dentro de todo lo que no nos gusta hay una buena persona. El mejor camino para ser feliz es rodearse de buena gente y posiblemente sea mucho más fácil de lo que algunos piensan, porque la grandísima mayoría de las personas son buena gente.  
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