jueves, 14 de noviembre de 2013

La felicidad duradera y la felicidad momentánea


Martin Seligman distingue entre la felicidad duradera y la felicidad momentánea. La momentánea puede aumentarse fácilmente (por ejemplo, viendo una película, comiendo chocolate o recibiendo un masaje en la espalda) y además no está relacionada con la felicidad duradera. Es decir, uno puede tener numerosos estallidos de sentimientos positivos momentáneos, darse pequeñas alegrías de vez en cuando, y ser o no ser feliz.


Ambos tipos de felicidad son auténticos placeres en una vida. Vamos a imaginarnos una tarta fantástica, preciosa, que dan ganas de comérsela sólo con verla, pues la tarta es la felicidad duradera. Es lo grande, lo principal, lo que nos va a aportar un montón de energía y que podemos ir saboreando en cada bocado. Es una tarta sin efectos secundarios negativos, podemos comer sin hartarnos, sin miedo a calorías o a la diabetes. Los psicólogos ahora solemos definir a la felicidad como bienestar subjetivo, estar bien de forma estable en el tiempo, una estado interior duradero. Esta felicidad no es una respuesta a algo que pasa en un momento, sino la consecuencia de muchos aspectos de nuestra vida, de nuestra forma de pensar y sentir, de lo que hacemos y de lo que tenemos a nuestro alrededor. Las personas felices tienen más emociones positivas, tienen mejor humor, viven más el amor y la amistad pero también tienen emociones negativas, pueden tener diferentes momentos de dolor, tristeza o frustración.

¿Y la felicidad momentánea? Está muy relacionada con la alegría y otras emociones positivas, es la decoración de la tarta e incluso unas pequeñas pepitas de chocolate (a quien le gusta el chocolate) que aparecen dentro de nuestra felicidad duradera de vez en cuando. Para el profesor Fernández-Abascal, la alegría es un sentimiento positivo que surge como respuesta a conseguir alguna meta deseada o cuando experimentamos la atenuación de un estado de malestar. La alegría es una emoción que surge cuando algo ocurre, es breve y pasajera, nos da ganas de seguir, nos refuerza, la sentimos y la disfrutamos en el momento, o incluso la disfrutamos recordándola. Cuando nos damos un capricho porque nos lo merecemos, cuando nos dicen te quiero o cuando conseguimos disfrutar de una buena cena con una buena compañía nos sentimos alegres. 

Si somos felices seguro que tendremos momentos de alegría, la felicidad atrae a la alegría. Sin embargo la alegría no nos tiene que llevar a la felicidad, hay personas que se conforman con alguna chocolatina o gominola de vez en cuando. A mí me gustan las tartas bonitas por fuera y por dentro, completas, a mí me gusta la felicidad y la alegría cogidas de la mano.
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